Su boca y la mía se buscaron, chocaron con ímpetu y pasión desenfrenada. Podía sentir en sus labios el fuego interno que lo habitaba y estoy segura de que él pudo percibir cómo mi ritmo cardíaco se aceleraba mientras clavaba las yemas de sus dedos en mi espalda. El suelo empezó a desaparecer, éramos dos bolas de fuego aferradas una a la otra. Solo un golpe en la cabeza con algún objeto inanimado, atravesado en nuestra trayectoria, pudo aterrizarnos por una milésima de segundo en la realidad.

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Ya no había duda sobre si pasaría, la certeza que su cuerpo imprimió en el mío me dejó claro que me quería poseer tanto como yo a él. Pero….

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